¿Qué es el estrés?

En términos generales, el estrés (en inglés stress) es una respuesta fisiológica normal del organismo, imprescindible para la vida y extremadamente eficaz para la supervivencia y la reproducción. De hecho, la respuesta de estrés será la misma tanto si está Usted a punto de ser atacado por un oso enfurecido como si acaba de conocer al amor de su vida.

Sin embargo, en determinadas condiciones y para determinadas personas (de hecho, la mayoría de nosotros manejamos el estrés con razonable eficacia), la incapacidad para manejar las demandas del entorno puede ejercer el sorprendente efecto de convertir esta respuesta de estrés en nociva y de modificar nuestro organismo poniendo en peligro nuestra salud, haciéndonos más vulnerables a algunas enfermedades o empeorando las que padecemos.

El proceso que culmina en un estado de estrés se inicia cuando el individuo detecta una circunstancia adversa. En ese momento realiza una primera evaluación del grado de amenaza que representa para su integridad física o para su bienestar. Si la conclusión es que esa circunstancia es amenazadora, la persona inicia una segunda evaluación que consiste en valorar si dispone de recursos para hacer frente a esa amenaza y si van a ser efectivos. Únicamente en el caso de que la conclusión final sea que existe una amenaza que no va a poder superar se produce una respuesta de estrés sostenido.

¿Estoy estresado?

No existe ningún cuestionario que permita concluir con fiabilidad que sus síntomas se deben al estrés. Solamente una evaluación minuciosa realizada por un especialista puede determinar si los síntomas que presenta corresponden a un estado de estrés, forman parte de una enfermedad física o mental, o son una respuesta normal dadas sus circunstancias.

Dicho esto, las personas que sufren un estado de estrés suelen presentar de manera persistente varios de los siguientes síntomas:

  • Irritabilidad, sentirse fácilmente frustrado, empezar a refunfuñar por todo
  • Aumento de la sensibilidad (por ejemplo, llorar inexplicablemente con los anuncios de televisión)
  • Perder el sentido del humor o sentirse desencantado de todo, mostrarse inusualmente reservado
  • Pérdida de interés en las actividades cotidianas incluido el contacto social, aburrirse con todo
  • Fumar demasiado o consumir demasiado alcohol, café, etc.
  • Fatiga constante que no se reduce con el descanso
  • Sensación de malestar general difuso con síntomas como dolor de estómago, náuseas, mareo, dolor de cabeza, tensión muscular, dolores intermitentes que cambian de sitio
  • Empezar a rechinar los dientes durmiendo
  • Resfriarse con excesiva facilidad o sufrir infecciones repetidas
  • Pérdida de apetito o tener más apetito de lo normal. Apetencia por carbohidratos o dulces
  • Dificultad para conciliar o mantener el sueño
  • Reducción del impulso sexual
  • Sensaciones desagradables (las personas estresadas las describen como “agobio” o “me irritan” o “me sacan de quicio”) en situaciones de estimulación intensa como aglomeraciones, ruido de tráfico, televisores o radios con el volumen alto, conciertos, cafeterías ruidosas, luces intensas o calefacciones o aires acondicionados que los demás no perciben como demasiado fuertes. Tener la sensación de que todo es desagradablemente ruidoso
  • Preocupaciones persistentes e incoercibles que no conducen a encontrar una solución a un problema
  • Problemas de atención y concentración, olvidos y errores frecuentes, despistarse con facilidad
  • Sensación de falta de control o de incapacidad para manejar las circunstancias cotidianas incluidas las más sencillas como hacer la lista de la compra, o de sentirse abrumado por ellas
  • Dificultad para tomar decisiones, incluidas las cotidianas. Darse fácilmente por vencido
  • Tener la sensación de todo va a ir mal y de que no hay nada que hacer para resolver su estado y/o sus problemas

¿Cuándo es realmente perjudicial el estrés?

Los estudios más recientes sugieren que es muy probable que el estrés únicamente sea perjudicial cuando así lo creemos y no porque la capacidad de perjudicarnos sea necesariamente una de sus propiedades. Para un ameno resumen de algunos de los estudios en los que se basa este descubrimiento le recomendamos la conferencia de la Dra. Kelly McGonigal en TED 

Existen dos tipos de creencias sobre el estrés. Paradójicamente, ambas son ciertas y ninguna depende de lo grave que sea el estrés o de la cantidad de estrés que uno experimente. La primera es la cara más conocida del estrés: que es perjudicial, indeseable y que hay que combatirlo con todos los medios a nuestro alcance. La segunda, y probablemente menos frecuente, es la creencia de que el estrés aumenta el rendimiento y la productividad, facilita el aprendizaje y es positivo para la salud y el bienestar emocional.

Cuando uno piensa que el estrés es perjudicial es más fácil que dirija todos sus esfuerzos a reducirlo y que su organismo reaccione disparando una señal de alarma (la persona piensa que sufrir estrés es peligroso en si mismo), mientras que si la creencia es que el estrés es beneficioso es más fácil que lo utilice como impulsor para resolver las demandas que le está planteando su entorno.

De hecho, las personas que piensan que el estrés es útil porque facilita el rendimiento y aumenta la productividad y la vitalidad, tienen menos síntomas depresivos y de ansiedad, se manejan mejor en el trabajo y están más satisfechos con sus vidas. Por consiguiente, es posible que todas las estrategias de control del estrés que se basan en la idea de que el estrés es perjudicial estén abonando una creencia que, por si misma, puede que sea la verdadera responsable del efecto nocivo del estrés.

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